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Aquí documentaré mi viaje por España, explorando su rica cultura, los aspectos socioeconómicos y los temas de actualidad que dan forma a este fascinante país.

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La cárcel de Facebook y el espacio menguante de la libertad

Mi amigo Bruce ha desaparecido de Facebook. Vale la pena pensar en los motivos.
La cárcel de Facebook y el espacio menguante de la libertad

Mi amigo, el autor Bruce Joffe, está en la cárcel de Facebook.

La expresión aún suena vagamente cómica, como si fuera el sitio adonde mandan a tu tía por publicar demasiados memes de los Minions. Pero la broma empieza a perder gracia.

A Bruce no le dieron ninguna razón real para su suspensión. Es un crítico mordaz de Donald Trump, y eso puede ser relevante, o puede no serlo. No puedo demostrar la conexión, lo cual forma parte del asunto. El castigo llega sin pliego de cargos. La puerta de la celda se cierra, aparece un mensaje impreciso, y el acusado queda interpretando una sentencia que nadie está dispuesto a explicar.

Es un hombre inteligente y bien formado, no de los que publican nada obsceno o difamatorio o que se salga del rango normal del debate civilizado. Tiene opiniones. Si tener opiniones es ahora un delito sancionable, hemos avanzado más por ese camino de lo que la mayoría está dispuesta a admitir.

No es el primer amigo mío que desaparece de Facebook por "libertad de expresión". Pongo la expresión entre comillas porque la libertad de expresión, en la era de las plataformas, se ha convertido en una criatura peculiar. No está del todo muerta, pero ha sido estrangulada, desmonetizada, puntuada por riesgo y, de vez en cuando, encerrada en un armario por su propia seguridad.

El viejo argumento sobre la censura era sencillo. El Estado no debe silenciarte. El villano era un hombre con un lápiz rojo y un sello que decía PROHIBIDO. Hoy la censura ya casi nunca tiene ese aspecto. Ahora se parece a un botón gris que dice "tu cuenta ha sido restringida". Se parece a un comentario que nunca aparece. A una publicación que llega a doce personas en vez de a doce mil. A un vídeo que técnicamente está en línea, pero que de algún modo nadie ve. A una decisión de moderación tomada por una máquina, revisada por otra máquina, apelada mediante un formulario, y rechazada con un párrafo de verborrea corporativa.

Esto importa porque Facebook no es un tablón de anuncios privado. Tampoco lo son X, YouTube, TikTok, Instagram, Reddit, ni ninguna de las grandes plataformas. Son donde ahora sucede la conversación pública. Que te echen de ellas no es lo mismo que pedirte que abandones un bar. Se parece más a que te digan que la plaza pública es de propiedad privada, que los guardas están automatizados, que las reglas son secretas y que no, no puede hablar con el responsable.

Meta sí publica documentación sobre restricciones de cuenta y medidas de cumplimiento, pero la experiencia vivida es más opaca de lo que sugiere el lenguaje oficial. El marco existe. La persona que recibe la sanción sigue sintiendo que la ha juzgado una máquina que se niega a mostrar sus cálculos.

He notado lo mismo en las secciones de comentarios de los periódicos. Años de tantear, probar y reformular me han enseñado que ciertos puntos de vista no sobreviven a la moderación. A veces la zona prohibida es obvia. A veces no. En periodo electoral parece estrecharse. Los comentaristas habituales de los grandes diarios aprenden el baile: usar iniciales, usar apodos, evitar nombrar a ciertas personas o países abiertamente, hablar en acertijos para que no se despierte el duende de la moderación. Una democracia en la que se entrena a los ciudadanos a disfrazar el discurso político ordinario como una definición de crucigrama no es realmente una democracia. Si no puedes decir lo que piensas, con claridad, sobre las personas que te gobiernan, el voto se convierte en un adorno ceremonial.

Luego está la vigilancia. Ser observado antes requería esfuerzo. Alguien tenía que seguirte, abrir tus cartas, intervenir tu teléfono, plantarse fuera de una sala de reuniones. La vigilancia era cara y tenía límites naturales. Ahora llevamos la torre de vigilancia en el bolsillo. Nuestros móviles saben dónde dormimos, dónde trabajamos, con quién nos vemos, qué médico nos atiende, ante qué manifestación pasamos. Las cámaras vigilan las calles. Los timbres vigilan las aceras. Los coches graban la carretera. Las aplicaciones exigen permisos para todo.

Nos dicen que es comodidad y seguridad. Nos dicen que, si no hemos hecho nada malo, no tenemos nada que temer. Ese argumento es infantil. Yo tampoco he hecho nada malo con mi tarjeta bancaria, pero no tengo por costumbre publicar el número en una valla publicitaria. La privacidad no es el escondite de los criminales. Es donde se permite que el pensamiento corriente se desarrolle antes de tener que defenderse en público. Sin ella, la disidencia se vuelve peligrosa y el periodismo se debilita. La gente empieza a autoeditarse. Aprenden a bajar la voz, y ese es el daño más profundo. La vigilancia no solo registra el comportamiento. Lo cambia.

En el Reino Unido, la Online Safety Act ha empujado a internet aún más hacia los controles de edad y los sistemas de identidad. Las directrices de Ofcom exigieron verificación de edad estricta para sitios con material pornográfico desde finales de julio de 2025, y la dirección regulatoria apunta a una "garantía de edad altamente efectiva" en los servicios en línea en general. Sus partidarios lo llaman protección infantil. Sus críticos temen que sea la infraestructura de algo mucho mayor: un mundo en el que el acceso a la información depende de demostrar quién eres.

Los niños deben estar protegidos. Por supuesto que sí. Pero "proteger a los niños" siempre ha sido una de las capas favoritas del poder. Es cálida, respetable y difícil de contradecir. La pregunta no es si los niños importan, sino si el remedio propuesto instala silenciosamente un puesto de control de identidad permanente en la puerta de entrada de internet. Sin DNI, no se entra. Eso no es una sociedad abierta. Es un cordón de terciopelo con una base de datos detrás. Y las bases de datos se filtran. Se copian, se venden, se requieren judicialmente, se hackean y se fusionan silenciosamente con otras bases de datos. La información recogida por una razón tiene la costumbre de encontrar otra. Hoy la verificación de edad. Mañana la prevención del fraude. Luego el extremismo. Luego la desinformación. Luego cualquier expresión que esté de moda cuando el próximo comité asustado quiera más control.

Deberíamos desconfiar especialmente de los sistemas que hacen que el anonimato parezca sospechoso. El anonimato no siempre es noble, pero a menudo es necesario. Lo necesitan los denunciantes. Lo necesitan las víctimas de maltrato. Lo necesitan los disidentes. A veces el anonimato no es cobardía sino armadura.

Luego está el dinero. Esta es, en mi opinión, la verdadera frontera, no el espacio, por mucho que prefieran creerlo los señores de los cohetes. Durante miles de años los seres humanos han tenido alguna forma de libertad económica personal. Nunca perfecta, a menudo brutalmente desigual, pero por lo general algún modo de hacer transacciones fuera de la mirada inmediata de la autoridad. Monedas en la mano, billetes en el bolsillo, un billete de diez euros deslizado a un sobrino, efectivo por una guitarra de segunda mano, unos euros por verduras en un puesto de mercado. La civilización se construye con pequeñas libertades, igual que un muro se construye con ladrillos.

El efectivo es imperfecto. También lo son el lenguaje, las cocinas, los coches y los zapatos. Que los criminales también usen algo nunca ha sido un argumento serio para quitárselo a los demás.

Sin embargo, el rumbo está claro. Más pagos son digitales. Más bancos cierran sucursales. Más tiendas prefieren las tarjetas. Más gobiernos estudian las monedas digitales de banco central, mientras nos aseguran que se preservará la privacidad. El Banco de Pagos Internacionales describe a los bancos centrales como exploradores de las CBDC con objetivos de interés público, con las cuestiones de privacidad y diseño aún abiertas en vez de resueltas. No afirmo que cada proyecto de dinero digital sea un villano de James Bond acariciando un gato. Algunas propuestas incluyen pagos sin conexión y mecanismos que preservan la privacidad. Algunos banqueros centrales entienden de verdad el peligro. Pero la arquitectura importa más que el folleto.

El efectivo permite que una transacción termine. El dinero digital puede permitir que una transacción viva para siempre. Puede almacenarse, buscarse, bloquearse, revertirse, gravarse, congelarse o condicionarse. Puede revelar adónde fuiste, qué compraste, a quién apoyaste, qué leíste y qué error cometiste. Una sociedad sin efectivo no es solo una sociedad sin billetes ni monedas. Es una sociedad en la que el permiso puede convertirse en parte del pago.

Imagina a un futuro gobierno decidiendo que ciertas compras son insalubres, sospechosas, extremistas o simplemente incómodas. Un movimiento de protesta viendo sus donaciones estranguladas. Un escritor impopular descubriendo que las procesadoras de pago se han puesto nerviosas. Una campaña, un sindicato, una iglesia, un blog molesto, silenciosamente asfixiados por el cumplimiento normativo. No hacen falta botas militares cuando se tienen los raíles del pago. No hace falta quemar libros cuando se puede dificultar la distribución, hacer incierta la visibilidad y poco fiable el apoyo financiero.

Por eso importa la cárcel de Facebook de Bruce. No porque su suspensión sea el fin de la civilización; sobrevivirá a ella. Importa porque es una pequeña pieza visible de un mosaico mayor. El discurso controlado por las plataformas. Los comentarios filtrados por los periódicos. Los móviles rastreando los movimientos. Los controles de identidad infiltrándose. El dinero derivando hacia la trazabilidad total. Empresas desempeñando funciones públicas, gobiernos presionando a las plataformas, plataformas presionando a los usuarios, y ciudadanos aprendiendo a hablar en clave. El espacio se encoge.

Lo astuto del asunto es que gran parte de esto se nos vende como libertad. Mercados libres, plataformas libres, aplicaciones libres. Libertad de palabra, siempre que cumpla. Libertad de expresión, siempre que sea segura. Dinero libre, siempre que sea rastreable. Sociedad libre, siempre que nadie importante se sienta incómodo. No deberíamos aceptar el trato. La libertad es la capacidad de pensar en privado, hablar con claridad, gastar legalmente, leer en silencio, reunirse pacíficamente, discutir con honestidad y vivir sin ser medidos continuamente por sistemas que no podemos ver. No la estamos perdiendo en alguna gran hoguera de libros prohibidos. La estamos perdiendo a base de pantallas de inicio de sesión, colas de moderación, avisos de cumplimiento normativo, empujones algorítmicos, suspensiones inexplicadas y comodidad sin efectivo. La jaula no es de hierro. Es de términos y condiciones.

Escritura asistida por IA

Si tienes un libro dentro, ¿puede la IA ayudarte a escribirlo?
Escritura asistida por IA

Hace unos meses escribí en el blog sobre un plan de negocio en tono de broma. Este mes escribo sobre un plan de negocio de verdad. Mi primera novela acaba de salir en Amazon.

Somerset Maugham escribió en 1937: “Existe por ahí la impresión de que todo el mundo lleva dentro la capacidad de escribir un libro… pero si eso significa un buen libro, esa impresión es falsa.” Lo que en el fondo viene a decir es que la diferencia entre escritores aficionados y profesionales es el oficio: algo a lo que se llega con aprendizaje y práctica, y que luego hay que sostener con esfuerzo constante. El siempre combativo Christopher Hitchens lo remató diciendo: “Todo el mundo lleva un libro dentro, que es exactamente donde… en la mayoría de los casos, debería quedarse.”

Pues bien: yo voy a discutir eso. Creo que a muchos nos ha tocado la musa y se nos ha ocurrido una “pepita de oro” de idea que daría para un gran libro. Quizá, como yo, tengas una colección de ideas apuntadas en alguna libreta, o incluso empezaste a escribir y no pasaste de lo de Roger Waters: “…media página de líneas garabateadas”. Y aunque puede que no hayamos invertido el tiempo suficiente para dominar el oficio de escribir, eso no significa automáticamente que la idea de fondo sea mala.

Con los años también me he dado cuenta de otra cosa: escribir un libro puede convertirse en el último recurso de gente de clase media que atraviesa una mala racha. Se sacan una novela a los 50, o cuando sea, como si hubieran estado escribiendo toda la vida. ¿Cuántas de esas novelas están escritas por un “negro literario”? ¿Y si tú pudieras tener el tuyo propio? Cuando empecé a trastear con modelos de lenguaje hace unos años, pensé que quizá ahí estaba la ayuda que estaba buscando.

Mis primeros intentos de conseguir que la IA escribiera algo decente fueron bastante infructuosos. En gran parte, por el tamaño reducido de algo llamado “ventana de contexto”, que puedes entender como la capacidad de atención de la IA. Si le pedías algo largo, había que hacerlo en trozos pequeños, y no había continuidad entre ellos.

Con el tiempo, las herramientas fueron mejorando, y yo seguí ahí, a base de pico y pala, aprendiendo a sacarles el máximo partido. Construí un conjunto de herramientas que en broma llamo “la fábrica de ficción”, y que me da una forma agnóstica respecto a la IA de convertir una idea inicial en un libro en mi estantería.

Esto es un vistazo breve a los tres trucos que hace esa caja de herramientas.

En software hay un viejo dicho: Garbage In, Garbage Out (si entra basura, sale basura). El primer truco es entender que la especificación inicial tiene que ser detallada y precisa. Lo primero que hago con mi media página garabateada es trabajar con un chatbot, normalmente Claude (que tiene una habilidad especial para este tipo de cosas), para desarrollar un “overview” del libro. Ese documento se convierte en el plan maestro: describe a los personajes, traza los tres actos y fija objetivos y beats para cada capítulo. Aquí es donde hago de director de orquesta, marcando cadencias y crescendos con instrucciones tipo “aquí sube la tensión” o “acorta las frases”. Cuanto mejor es el plan, mejor sale el borrador. El resultado es un archivo principal con el overview y un archivo de planificación separado para cada capítulo.

El segundo truco es conseguir que la IA escriba el texto sin dejarte una fortuna en el intento. Generar texto exige bastante computación, y una suscripción típica de ChatGPT de veinte euros al mes probablemente no aguante ese ritmo. Aquí es donde Openclaw me salvó. Actúa como mi maestro de pista, coordinando recursos a lo largo de todo el proceso. Tengo un PC dedicado ejecutando un modelo de IA open source en local. Estoy siempre probando cosas, pero ahora mismo mi favorito es un modelo Llama de 70.000 millones de parámetros. Eso me permite generar todo el texto que quiera “gratis”, bueno: pagando la electricidad, que me sale entre cinco y diez euros al mes (sí, lo controlo).

El tercer truco es aceptar que la IA no puede escribir una buena novela sin intervención humana. Mi trabajo en esta parte ha evolucionado hacia un sistema basado en un editor avanzado que permite a una persona revisar rápidamente lo que produce la IA, anotarlo y reenviarlo para regeneración. El editor me muestra un párrafo cada vez, junto con la instrucción de “beat” original que usó la IA para generarlo. Puedo editar el texto yo mismo, o añadir una nota indicándole a la IA cómo revisarlo en la siguiente pasada. Además, he construido una herramienta de análisis léxico que escanea cada borrador buscando “ecos”: palabras y expresiones repetidas que la IA tiende a engancharse y a sobreutilizar. De nuevo, puedo arreglarlo a mano o añadirlo a una orden de trabajo para que la IA lo limpie en la siguiente ejecución.

El primer libro publicado con este proceso acaba de salir, y pasó por cinco borradores: cinco pasadas por la máquina de la fábrica de ficción. The Mayfly Mutiny es una novela de ciencia ficción con tono de advertencia sobre el destino de una colonia marciana con recursos escasos. El ebook Kindle está a un precio parecido al de un café, y el paperback cuesta más o menos lo que pagarías aquí en España por un menú del día.

He publicado el libro con el seudónimo Maureen Avis. La idea es construir una marca, y probablemente mi cara no sería el mejor punto de partida para eso. Ya hay otros dos libros de ciencia ficción bastante avanzados, y tengo ideas para una docena más en la recámara. El plan de negocio consiste en crear una base de lectores ofreciendo historias con una calidad regular y consistente: lo suficiente como para elevar la marca por encima del “slop” de IA que inevitablemente llegará a la ficción larga. Mientras aprendía a maquetar la versión en papel de Mayfly, vi un vídeo de YouTube de una mujer que aseguraba haber escrito una novela romántica en tres horas y media con IA. Está inundando el mercado con cientos de tomos similares. Sabiendo lo que sé ahora, estoy bastante seguro de que esos libros no serán muy buenos.

En el mundo de la inversión se habla de la “fosa” o moat: una barrera de entrada que frena a la competencia. La IA pone la mayoría de los modelos de negocio en riesgo de ser copiados de la noche a la mañana, pero la ficción tiene una propiedad curiosa: los lectores son la fosa. Un lector que confía en un nombre en una portada, que reserva el siguiente libro sin leer la sinopsis, no es un cliente que te quite fácilmente un competidor con más financiación o un algoritmo más rápido. La carrera real aquí no es construir la mejor herramienta de escritura con IA. Esa batalla ya está perdida frente a las corporaciones. La carrera es construir una relación con una audiencia antes de que el mercado se inunde. Irónicamente, la autoría asistida por IA puede ser uno de esos raros modelos en los que la tecnología es solo el medio de producción, y lo que no puede sustituir, una voz humana consistente y la confianza que genera, acaba siendo el activo más duradero de todos. ¡Crucemos los dedos!

The Mayfly Mutiny está disponible en Kindle (ebook) o en tapa blanda en tu tienda regional de Amazon.

¿Estás preparado para la Tercera Guerra Mundial? Un año después

No Quiero Decir “Ya Os Lo Dije”…
¿Estás preparado para la Tercera Guerra Mundial? Un año después

No Quiero Decir “Ya Os Lo Dije”…

Principalmente porque decir “ya os lo dije” es una de las cosas menos atractivas que puede decir un hombre, situándose en algún punto entre “¿has escuchado mi maqueta de rock progresivo?” y “The Big Bang Theory es mucho más graciosa que Friends”.

Aun así...

Hace un año escribí una entrada de blog sobre cómo prepararse para un mundo que parecía avanzar, a ciegas pero con beligerancia, hacia un precipicio realmente desagradable. Cuando la publiqué, esperaba a medias que la gente la leyera y concluyera que me faltaba un paso para forrar los rodapiés con papel de aluminio y murmurar sobre patrones de lluvia radiactiva. Y, sin embargo, aquí estamos, doce meses después, y el mundo ha hecho bien poco por premiar la complacencia. En todo caso, ha ascendido mis gruñonas peroratas desde el terreno de lo absurdo a algo bastante más parecido a una prudente planificación de contingencias. Mientras escribo esto, ¡Estados Unidos está realmente en guerra con Irán... sin razón aparente!

En el lado positivo, lo que he aprendido durante este último año es que prepararse para las interrupciones tiene un efecto secundario interesante: aunque lo peor nunca llegue a suceder, acabas mejorando tu vida al adquirir un montón de habilidades y conocimientos nuevos.

Aunque mi punto de partida fue “probablemente debería tener suficiente comida, agua y equipo básico para aguantar una temporada si el mundo se va al garete”, aquello pronto se transformó en una fascinación más amplia por la resiliencia en el sentido cotidiano de la palabra. No me he comprado una gabardina de cuero, ni una ballesta, ni nada que quedara bien en la portada de Prepper Monthly, pero sí he empezado a fijarme en los sistemas prácticos que afectan a mi día a día y a mejorarlos poco a poco para hacer la vida más fluida en esos momentos en los que decide ponerse pesada.

He desarrollado la costumbre de hacer cierto tipo de preguntas y luego buscarles una solución. Por ejemplo, ¿cómo encendería el aire acondicionado si se rompiera el mando a distancia? Respuesta: o usar un mando universal, o montar una interfaz de infrarrojos que pueda cablearse y activarse desde una aplicación en mi teléfono.

Pronto descubrí que la búsqueda de ese tipo de respuestas me arrastró por una madriguera que llevaba al mundo de las redes domésticas, los servidores locales, Home Assistant, los cacharros IoT, la alimentación de respaldo, las baterías, la iluminación más inteligente, una mejor monitorización y, en general, al arte de conseguir que una casa se comporte menos como una colección aleatoria de electrodomésticos temperamentales y más como un centro de mando militar.

He redescubierto habilidades que había olvidado que tenía, como soldar y descifrar los códigos de colores de las resistencias. Mientras la gente normal recicla tarros de mermelada, yo estoy desmontando componentes de aparatos electrónicos viejos y mascullando cosas como: “ese trozo de cable podría venir bien”.

Resulta que hay bastante solapamiento entre “prepper de mediana edad con una ligera ansiedad” y “tipo que se emociona con la topología de red”. En cuanto empiezas a hacer preguntas sensatas como “¿qué pasa si se va la luz?”, “¿qué pasa si se cae internet?” o “¿qué pasa si de pronto deja de existir algún servicio esencial que he dado perezosamente por garantizado?”, acabas construyendo cosas útiles. Búnkeres no, quizá, pero infraestructura sí.

Así que ahora encuentro bastante tranquilidad no solo en las latas del armario despensa, sino también en saber cómo funciona mi propia casa. Me gusta saber qué dispositivos importan, cuáles son puro adorno, qué puede funcionar en local, qué depende de la nube, qué se puede automatizar, qué se puede monitorizar y qué se puede reforzar por relativamente poco dinero. Hay algo profundamente satisfactorio en sustituir una dependencia vaga por una comprensión práctica. Rasca la misma picazón que acumular provisiones, pero de una forma más técnica y, me atrevería a decir, más interesante.

Y lo bonito es que nada de esto se aplica solo a la guerra, al colapso civil o a cualquier modalidad de idiotez geopolítica que esté de moda esta semana. También se aplica a las interrupciones de la vida cotidiana.

Un buen ejemplo: los cortes de luz que tuvimos durante la temporada de tormentas justo después de Navidad.

Hace un año, una cosa así me habría fastidiado. Esta vez, en cambio, lo llevé bastante bien. No porque hubiera construido algún complejo apocalíptico en la Isla Sur de Nueva Zelanda, sino porque, en silencio y poco a poco, había hecho mi vida más resiliente. Tenía opciones de respaldo. Tenía resuelta la iluminación. Tenía formas de mantener funcionando el equipo importante. Había pensado de antemano en las comunicaciones, la carga, el control local y en la pregunta aburrida pero vital de “¿qué es lo primero que deja de funcionar?”.

Ese es el verdadero dividendo de todo esto. No hace falta una Tercera Guerra Mundial para que merezca la pena. Basta una tormenta. Una caída del router. Un apagón breve. Un proveedor poco fiable. Un estallido de mal tiempo. El futuro siempre llega disfrazado de inconveniente antes de presentarse con uniforme.

Y quizá ahí está precisamente la clave.

A menudo se ridiculiza la preparación porque la gente imagina extremos. Se imaginan a chiflados conspiranoicos, búnkeres subterráneos y cincuenta kilos de lentejas secas. Lo que no ven es que la resiliencia no es más que competencia con una linterna en la mano. Es entender sistemas. Es reducir puntos únicos de fallo. Es conseguir que, cuando algo sale mal, tu primera reacción no sea el pánico ciego, sino una irritación moderada.

Si durante este último año me he interesado más por la tecnología, esa es la razón. No porque me haya enamorado de los cacharros por sí mismos, aunque admito que no soy del todo inmune a un panel de control parpadeante. De hecho, me pasé casi toda una mañana averiguando cómo conseguir que mis servidores, que ahora ya son cuatro, se apagaran con elegancia y volvieran a encenderse automáticamente cuando hay un corte de luz. La solución implicaba un paquete mágico y el estado de un enchufe inteligente conectado al frigorífico. (Es una historia larga). Es porque la tecnología, bien usada, puede hacer que una casa sea menos frágil. Home Assistant, las redes locales, los sensores IoT, los sistemas de alimentación de respaldo... todo eso no es más que ingeniería práctica contra el caos. Es una forma de plantar cara, aunque sea modestamente, a la costumbre moderna de construirlo todo sobre la suposición de una estabilidad permanente, algo que donde yo vivo se siente como una posición algo frágil.

Y eso me devuelve a España.

Mirando atrás, una de las mejores decisiones de mi vida fue mudarme aquí. España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial y siguió siendo nominalmente neutral durante la Segunda, aunque las simpatías de Franco no fueran precisamente un misterio. Más recientemente, Pedro Sánchez ha cogido la costumbre de resistirse a la presión para seguir los redobles de guerra más exaltados, incluyendo su oposición al objetivo de la OTAN del 5% de gasto y, este mes, su negativa a permitir que las fuerzas estadounidenses utilicen bases españolas para ataques relacionados con Irán.

Y eso, por una vez, es exactamente el tipo de rasgo del carácter nacional con el que me alegra identificarme.

Así que no, no quiero decir “ya os lo dije”.

Pero sí diré esto: pensar con antelación me ha servido bastante bien. No me ha hecho más rico, ni más cool, ni más relajado, pero sí me ha hecho más resiliente. Y en una época en la que la fragilidad está incorporada en casi todo, eso se parece menos a una excentricidad y más al sentido común.

Quizá la mayor lección de este último año es que prepararse para la catástrofe no va realmente de la catástrofe.

Va de construir una vida que sepa manejar mejor la inestabilidad.

Y, en pleno siglo XXI, ¡parece que tenemos inestabilidad de sobra!

 

Idea de negocio gratis

La mejor manera de hacerse millonario es empezar siendo multimillonario.
Idea de negocio gratis

Durante muchísimo tiempo he llevado un cuaderno con ideas de negocio. La mayoría son auténticas tonterías; otras ascienden al elevado rango de “plan de empresa” y ahí se quedan. Desfilan, pecho fuera, directamente del garabato vagamente plausible al start-up fracasado, sin molestar nunca al mundo con detallitos irritantes como clientes, beneficios o impuestos. Otras ni siquiera llegan a ver la luz. Se quedan en el cuaderno, fermentando en silencio como un queso poco ambicioso.

El otro día lo estaba hojeando y me encontré con una idea que sigo pensando que es buenísima, salvo por un pequeño defecto: se estrella contra el capital. Necesita una tienda. Una tienda de verdad, física. Y costaría un dineral llenarla de stock, porque todo el concepto gira en torno a inventario importado. No puedes montarlo como un pop-up en Etsy porque la compra es, de un modo raro, dependiente del lugar.

En fin, aquí la tienes. La izo en el mástil y a ver si alguien saluda. Si quieres cogerla y salir corriendo con ella, es toda tuya. Te la regalo en el espíritu de Gnu. (Que ahora mismo está agotado, pero puedo ofrecerte un sustituto encantadoramente equivocado desde Helsinki.)

El negocio se llama: Anywhere But Here

Una tienda de souvenirs en tu ciudad que vende recuerdos de todos los destinos turísticos del mundo excepto del que tienes bajo los pies.

Así que, por ejemplo, si estás en Madrid, puedes comprar:

  • pisapapeles del Arco del Triunfo
  • imanes de nevera de Moscú
  • un paño de cocina de “Saludos desde Singapur”
  • una Estatua de la Libertad en miniatura (que parece ligeramente avergonzada de estar en el extranjero en estos momentos)
  • un canguro de peluche con una camiseta de I ❤️ Sydney

…pero absolutamente nada español. Ni una muñeca flamenca. Ni un toro. Ni un llavero de “Madrid”. Ni siquiera una postal de un churro de desayuno. Si lo pides, el personal te mira con esa preocupación educada reservada para quien ha intentado pagar con una tarjeta de videoclub Blockbuster.

“¿España?”, dicen. “¿Eso está cerca de Bélgica?”

La declaración de intenciones (impresa en cursiva de buen gusto en la pared)

Creemos que viajar va de decepción, confusión y comprar objetos que no necesitas.
Nos especializamos en la decepción y la confusión, y abrimos los siete días de la semana.

La imagen de marca

El escaparate es precioso. Luz cálida. Estanterías con gusto. Una campanita en la puerta. Todo dice curado. Un lugar para viajeros exigentes.

El letrero dice:

ANYWHERE BUT HERE Souvenirs de lugares en los que no estás

Dentro, un gran mapa del mundo con chinchetas por todas partes excepto en tu país, que está… en blanco. Un vacío elegante. Un desaire cartográfico.

Cómo funciona

Entras. Eres turista. Llevas esa mirada vidriosa de “acabo de pagar 4,60 € por un café”. Quieres algo para llevarte a casa. Algo que diga yo estuve aquí.

Te damos lo contrario.

Las categorías son:

1) El muro de la ciudad equivocada

Una exposición entera dedicada al monumento famoso más cercano que no vas a visitar.

Así que, por ejemplo, en Madrid verías:

  • París: llaveros de la Torre Eiffel, pisapapeles del Arco del Triunfo, boinas de “I ❤️ Paris” (hechas en una fábrica de un país que jamás ha oído hablar de París).
  • Roma: bolas de nieve del Coliseo (sin nieve, solo pequeñas motitas de polvo que puede que sean históricas o puede que no).
  • Londres: tazas de “Mind the Gap”, autobuses rojos en miniatura, una figurita de un guardia real que parece que ha tenido un día largo.

Si señalas que no estás en esas ciudades, el dependiente asiente con simpatía, como si le acabaras de contar una enfermedad larga.

 

2) La estantería de “nivel experto”

Aquí es donde te ganas el sueldo como vendedor de disparates.

  • manoplas de horno de “Saludos desde Reykjavík
  • vasitos de chupito de Ulaanbaatar
  • un alce de madera tallado a mano de “algún lugar de Canadá, probablemente”
  • camisetas de “Sobreviví a La Haya” (nadie sobrevive a La Haya, simplemente la soporta)

 

3) La gama de la confusión

Souvenirs que están mal en más de un sentido.

  • una diorama de dinosaurios de Stonehenge
  • un chubasquero de Dubái
  • una toalla de playa de Venecia
  • un adorno de faro del Sáhara
  • chanclas de “Bienvenido a Edimburgo

Un cliente se quedará mirando estos artículos como si acabara de ver a un perro resolver un cubo de Rubik.

 

4) El rincón del lujo ético

Para la gente que quiere significado, pero también quiere que sea incómodo.

  • un adorno de vidrio reciclado con forma de Monte Fuji
  • fichas “auténticas” artesanales del metro de Nueva York (fabricadas ayer)
  • una vela llamada Eau de Glacier que huele a melancolía cara

 

5) La sección infantil: “¿Dónde estamos?”

Peluches y libros de pegatinas, todos tematizados en lugares en los que no estás.

  • peludos cerdos hormigueros en una ciudad donde la única fauna son palomas con opiniones
  • una hoja de pegatinas titulada “Mi viaje a la Antártida
  • un peluche de ñu (agotado, otra vez, claro)

Política del personal

Esta es la parte importante. La tienda solo funciona si el personal se lo toma en serio.

Normas:

  1. Si un cliente pide un souvenir de tu ciudad, pones cara de auténtica confusión.
  2. Si insiste, le ofreces algo cercano pero equivocado.
    • “¿Madrid? ¿Tenemos Marsella?”
  3. Si empieza a enfadarse, lo conduces suavemente hacia el Pingüino de Atención al Cliente, un pingüino de cartón a tamaño real con una acreditación que dice: “Te estoy escuchando”.

Si alguien exige hablar con el gerente, el gerente aparece con un disfraz de payaso y dice: “No trabajamos con productos locales”.

El programa de fidelización

La tarjeta del Decepcionador Frecuente
Colecciona sellos. Canjéalos por recompensas disponibles solo en:

  • países que nunca has visitado
  • ciudades que no sabes pronunciar
  • lugares que quizá sean ficticios

Tras diez sellos entras en el nivel Equivocación Dorada, que te da un upgrade gratis a “una versión más grande del mismo error”.

La mejor parte: las reseñas (ya escritas, porque internet es inevitable)

⭐☆☆☆☆
“Pedí un imán que pusiera Madrid. Me vendieron uno que pone Minsk. Ni siquiera sé dónde está Minsk.”

⭐⭐⭐⭐⭐
“Absolutamente brillante. Compré una camiseta de ‘I ❤️ Tokyo’ estando a 50 metros de mi hotel de Barcelona. Mi mujer no ha parado de reírse.”

⭐☆☆☆☆
“Me dijeron que España ‘está fuera de temporada’. Esto es ridículo.”

⭐⭐⭐⭐⭐
“Entré enfadado. Salí con una gorra de béisbol Chicago Cubs 47 Brand Wrigley Field Marque Fitted. No podría estar más contento. Respeto el compromiso.”


Por qué funcionaría (en un universo paralelo donde yo tuviera dinero y serotonina)

Porque los turistas no compran souvenirs. Compran una historia. Compran un atrezzo. Compran la capacidad de decir:
“Mira esto. No tengo ni idea de por qué existe.”

Además, la tienda se convierte en un destino en sí misma. La gente no viene por el merchandising. Viene a vivir la experiencia de que unas estanterías de buen gusto la “gaslighteen” suavemente.

El fallo fatal (y por qué estás leyendo esto en vez de visitar mi tienda)

Capital. Alquiler. Stock. Enviar mil monumentitos diminutos de mil lugares equivocados. Es una hoguera de dinero, y no de las calentitas.

Así que, en vez de eso, estoy haciendo lo que hace cualquier emprendedor fracasado tarde o temprano: abandonar mis sueños y escribir un blog sobre ellos.

Lo del mástil

Si esta idea te ha sacado una sonrisa, aquí va mi oferta:

Cógela. Róbala. Lánzala. Fránciala. Conviértela en un imperio global de disparates de buen gusto. Te la regalo oficialmente en el espíritu de Gnu.

(Sigue agotado. Problemas de cadena de suministro. Inténtalo la semana que viene.)

Y si la abres, por favor hazme un pequeño favor:
En secreto, pon una sola postal, solitaria, de la ciudad local detrás del mostrador, boca abajo, como contrabando.

Porque no somos monstruos. Solo somos… curados.

Manías Parte Dos

Diez Cosas Molestas Más de la Vida Moderna
Manías Parte Dos

Manías Parte Deux: Diez Molestias Modernas Más

El año pasado escribí sobre diez cosas que me sacan de quicio en nuestro supuestamente avanzado mundo moderno. La respuesta fue sorprendente: resulta que no estoy solo en mi exasperación. Así que aquí estamos de nuevo, porque el mundo no ha dejado de proporcionar material, y todavía tengo cosas que sacarme del pecho.

Las Smash Burgers y la Americanización de Todo

Empecemos con las smash burgers, ¿vale? Para los afortunados que no lo sepan, una smash burger es lo que pasa cuando alguien no se molesta en formar adecuadamente una hamburguesa. En su lugar, tiran una bola de carne picada en la plancha y la aplastan con lo primero que pillan. Se caen trozos, pierdes peso (de la hamburguesa, no tú), y lo que debería ser un cuarto de libra acaba pesando considerablemente menos. Pero nos lo venden como "artesanal" y "de moda" cuando la verdadera razón es simple economía: ahorrar segundos en la preparación para maximizar el beneficio.

Crecí en el sur de Londres y recuerdo la era pre-comida rápida, así que he presenciado esta invasión desde el principio. McDonald's y KFC al menos ofrecían valor inicialmente. Luego llegó la ola de finales de los 80 donde lo "americano" se convirtió en parte de la experiencia. Recuerdo visitar Sticky Fingers en Kensington - propiedad de uno de los Rolling Stones, si la memoria no me falla - y pensar que era un circo vulgar y sobrevalorado haciéndose pasar por cocina.

Avancemos rápido hasta hoy, y estos establecimientos están proliferando por toda España, un país con su propia magnífica herencia culinaria. Cada vez que veo uno, me estremezco. Por el amor de Dios, exploten su propia tradición cultural en lugar de importar humo y espejos de América. Dejé un comentario en el anuncio de un restaurante de Málaga sobre sus smash burgers expresando este sentimiento. Me bloquearon. Quelle surprise.

Pot Noodle: Una Abominación en Plástico

Debería haber una ley contra los pot noodles. Sin su paquete de números E, los fideos no tienen absolutamente ningún sabor. Tienen la textura del cartílago de la oreja y poseen una perversa capacidad de resistirse a ser comidos: demasiado resbaladizos para enrollarse en un tenedor o recogerlos con una cuchara. ¿Quién inventa comida que lucha activamente contra el consumo?

¡Y el recipiente! Un recipiente de plástico es totalmente el envase equivocado para algo ya difícil de servir. Por supuesto que es de plástico - el preferido de la industria de combustibles fósiles - envuelto en una funda de cartón porque el plástico no admite una impresión decente. ¿Quieres el 43% de tu ingesta diaria de sal de una sentada? El pot noodle te tiene cubierto. Eso es lo más parecido a un elogio que puedo hacer.

La Prensa de Derechas y la Muerte de la Decencia

He estado leyendo el Mail Online con odio durante años, principalmente para entender lo que dice la oposición del establishment y para hacer batalla con los duros de mollera en la sección de comentarios. Siempre he despreciado su trasfondo de racismo y monarquismo ciego - un conjunto de valores que he denominado C.R.A.P. (Patriarcado Colonialista, Realista y Autoritario).

Sin embargo, cada vez más, no puedo soportar la C.R.A.P. ni siquiera en visitas breves. La ventana de Overton no está empujando el sobre - como diría Pratchett, ha hecho un agujero en la pared de la oficina de correos. Toda pretensión de la decencia común que caracterizaba al conservadurismo de una nación se ha evaporado. El Mail, Express y Telegraph han abrazado el trumpismo post-verdad con gusto, disparando historia tras historia al público no por su valor informativo sino por su capacidad de escandalizar y enfurecer.

La Basura de IA y la Muerte de la Verdad

Poco después del muy publicitado combate de boxeo entre Jake Paul y Mike Tyson, apareció una historia que afirmaba que Anthony Joshua casi había muerto en un accidente de coche en África. Tenía señales de alarma - el timing, la ubicación - que me hicieron sospechar de clickbait generado por IA. Excepto que no era falso. Era verdad.

Eso es precisamente lo que me enfurece de la IA. Los días en que una mente crítica con un entendimiento técnico decente podía separar la verdad de la ficción sin confirmación de terceros se han acabado. Hemos entrado en una era donde las noticias reales parecen falsas y las noticias falsas parecen reales, y ninguno de nosotros puede confiar en nuestros instintos nunca más.

Los Teléfonos como Teléfonos (O Más Bien, No)

¿Recuerdas cuando los teléfonos eran para llamar a la gente? Ahora son dispositivos de mensajería, cámaras y pequeños ordenadores que ocasionalmente suenan. El problema es triple: las llamadas de spam nos han hecho tener miedo de contestar, nunca puedes sacar la maldita cosa del bolsillo antes de tres tonos, y tus amigos de verdad han migrado completamente a aplicaciones de mensajería. La llamada de voz se está convirtiendo en un anacronismo, lo cual parece perverso para un dispositivo literalmente llamado teléfono.

Passkeys: Teatro de Seguridad Enloquecido

Muchos de vosotros probablemente no sabéis qué son los passkeys, y explicarlos sin sumergirse en la criptografía es complicado. Esencialmente, una aplicación verifica tu identidad a través de información que puede autenticar. Google y Microsoft están acelerando la muerte de las contraseñas tradicionales, lo cual creo que es un error. Las contraseñas no son intrínsecamente menos seguras que los passkeys - simplemente son más fáciles de estropear para los usuarios eligiendo "password123" o escribiéndolas en Post-its.

El problema con los passkeys es que a menudo dependen del dispositivo. Recientemente, intenté acceder a un sitio de compras estando fuera de casa. La aplicación reconoció que había iniciado sesión previamente con una huella dactilar, pero estaba en un ordenador diferente. Comenzó la cadena de papel de autenticación: "Hemos enviado un mensaje al dispositivo X". El dispositivo X estaba en casa. "Prueba un método alternativo". El correo electrónico fue a una de las cincuenta direcciones que tengo en mi ordenador de escritorio pero que no me había molestado en transferir a mi portátil.

Tengo gestores de contraseñas en los siete dispositivos que tengo. Había introducido mi nombre de usuario y contraseña correctos. Sin embargo, me llevó quince minutos y varios correos electrónicos acceder a un sitio donde estaba intentando darles dinero. ¿Es esto realmente una práctica empresarial sensata?

Las Nuevas Ropas del Emperador de la Academia

¿Recuerdas esa escena de El Indomable Will Hunting sobre gastar cien mil en una educación que podrías obtener por un dólar cincuenta en recargos por retraso en la biblioteca pública? Acabo de ver un vídeo que enumera diez cursos de nivel universitario disponibles gratis online. Sin oportunidades de networking ni certificados, pero todos los materiales están ahí.

Aquí está la pregunta: ¿es más fácil hacer preguntas en un aula abarrotada o tener un modelo de lenguaje de IA como tu compañero de educación uno a uno? El modelo universitario tradicional parece cada vez más una forma cara de hacer amigos y obtener un trozo de papel.

Perfiles Falsos: El Valle Inquietante de las Redes Sociales

Me encontré recientemente con una cuenta de YouTube - una mujer hablando a cámara. Algo no encajaba, así que investigué. Presencia completa en redes sociales: Instagram, TikTok, todo. Vídeos de lugares que había "visitado", pero incluso cuando aparecía en las miniaturas, el metraje real la mostraba desde atrás, subiendo escaleras, siempre en situaciones que hacían difícil confirmar si era real.

Después de quince minutos de trabajo detectivesco, concluí que era falsa - una falsa excepcionalmente bien construida, pero falsa no obstante. Me dio una visión de las extraordinarias longitudes a las que va la gente por contenido y clics estos días. Vivimos en una era donde necesitas ser un investigador forense solo para determinar si la persona que estás viendo existe.

Enshittification: Todo Empeora

Cory Doctorow acuñó este término para cómo las plataformas se degradan: primero son buenas para los usuarios, luego abusan de los usuarios para beneficiar a los clientes empresariales, finalmente abusan de todos para beneficiarse solo a sí mismas. Es la palabra perfecta para nuestros tiempos. Cada servicio del que dependes está en esta trayectoria. Tu plataforma de streaming tiene anuncios ahora. Tu motor de búsqueda son principalmente enlaces patrocinados. Tus redes sociales son cebo de rabia algorítmica. Todo lo que una vez fue bueno se vuelve progresivamente peor, y somos impotentes para detenerlo porque no hay otro lugar al que ir.

Inviernos Españoles: El Ajuste de Cuentas del Influencer

Tengo bastante frío escribiendo esto en Olvera el 24 de enero de 2026. A pesar de una hora con el fuego de gas encendido, es demasiado caro calentar adecuadamente una casa española con corrientes de aire construida para el sol. Hace años, cuando el dinero llegaba más fácilmente de lo que llega ahora, calenté el lugar a 23 grados durante un trimestre y gasté casi quinientos euros. Por eso los españoles llevan abrigos en el interior.

He vivido aquí desde 2003, así que los inviernos fríos no son nuevos - tuve -9C y tuberías reventadas en Murcia hace años. Pero últimamente nos han mimado con cinco años de inviernos suaves y sol ininterrumpido. Esta ola de frío ha sido particularmente divertida por los influencers de TikTok publicando vídeos "WTF", quejándose del hielo y la nieve que no tenían en sus cartones de bingo mediterráneos.

Caveat emptor, como dicen. Cuidado con lo que deseas - puede que lo consigas.

Y con ese pensamiento reconfortante, os dejo con vuestras propias irritaciones. Sin duda, también tenéis una lista en preparación.

Robots. ¿Abundancia para todos o solo para los supervivientes?

¿Y por qué los nuevos robots son todos blancos?
Robots. ¿Abundancia para todos o solo para los supervivientes?

Me encantaban los robots cuando era niño. Parecían estar por todas partes en la cultura popular. Desde el Amazing Magical Robot Game, un juguete educativo que apareció en mi calcetín de Navidad, hasta la dosis semanal de “¡Peligro, Will Robinson!” mientras veía la serie clásica de culto estadounidense Lost in Space, quedé enganchado. Así que, cuando yo tenía siete u ocho años y “Tricky’s” la juguetería local, puso uno en su escaparate, tenía que tenerlo. Fuera del alcance de mi dinero de bolsillo, monté “El Club del Robot” con mis amigos del colegio John London e Ian Collie, cuyas cuotas del club coincidieron, casualmente, con el precio del robot, aunque no recuerdo que John e Ian tuvieran mucho tiempo para jugar con él. (¡Perdón, chicos!)

Avancemos cincuenta y cinco años y los robots ya están aquí, de verdad. Sin embargo, la realidad carece de la magia que mi imaginación infantil había conjurado. De hecho, a mí todo este asunto de los robots me parece un poco inquietante.

Para empezar, ¿por qué no hay robots morados? ¿O azules, rosas, verdes, etc.? Incluso los robots de películas en blanco y negro, como Gort en The Day the Earth Stood Still, claramente no eran monocromos. No sé de qué color era Gort, pero tenía un brillo metálico que sugería plata o gris, igual que la Robot Maria en Metropolis de Fritz Lang.

Hoy, sin embargo, apuesto un níquel Buffalo a que todos los robots humanoides que hayas visto han sido blancos o, peor aún, blancos con caras negras. No creo que sea casualidad. Creo que la forma en que se nos presentan los robots refleja la intención de quienes están detrás de ellos. Los robots de antaño eran producto de las mentes creativas de los escritores de ciencia ficción, que los convertían en ángeles o demonios según lo exigiera la historia. La gente que está detrás de los robots que hoy se nos venden es producto de los futuristas tecnológicos multimillonarios. Su narrativa pretendida parece ser algo distinta.

En las historias antiguas, el robot siempre era un personaje. Podía ser cómico o trágico, leal o asesino, pero siempre era un alguien. Incluso cuando era una amenaza, tenía personalidad. Tenía color. Tenía una cara que podías leer, aunque solo fuera una máscara en blanco de remaches. Los robots que llegan a un outlet de distribución online a través del dispositivo tecnológico de tu elección, controlado por multimillonarios, son soldados vacíos y sin rostro de servidumbre.

No son personajes; son electrodomésticos con extremidades. Que sean blancos no es casualidad. El blanco es una señal cultural: limpio, clínico, neutral, seguro. El blanco es el color de los hospitales y los laboratorios y del mito de la objetividad. Un humanoide blanco dice: no te preocupes, aquí no hay ideología. Esto es solo ingeniería.

Aquí está pasando algo más, y no soy el único que lo piensa. En una entrevista reciente, Subhadra Das, historiadora de la ciencia y autora de Uncivilized: Ten Lies That Made the West, reveló una agenda oscura oculta. Hablando con Myriam François en el canal de YouTube The Tea, expuso algunos de los motivos detrás de la inminente revolución robótica.

Ella dice que es un mito que la ciencia y la tecnología sean automáticamente neutrales, “verdad con V mayúscula”, flotando por encima de la política. Como ocurrió con la eugenesia, esta aura de neutralidad se ha utilizado históricamente para dar una pátina de legitimidad a ideas sociales dañinas, porque si algo se etiqueta como “ciencia”, se vuelve más difícil de rebatir y más fácil de obedecer.

Eso importa, porque la revolución robótica va a obligar a la sociedad a responder a una pregunta muy vieja y muy fea: ¿para qué sirve una persona?

Cuando las máquinas puedan hacer cada vez más de lo que la gente hace hoy por un salario, habrá cada vez más humanos “innecesarios” para el mercado laboral. En un mundo sensato, eso sería el comienzo del ocio. En un mundo menos sensato, se convierte en el comienzo de la selección.

Ella habla de cómo funcionaba el pensamiento eugenésico, no como villanía de dibujos animados, sino como algo inquietantemente dominante: decidir que la sociedad tiene un “problema”, identificar a un grupo al que puedas culpar, y luego presentar el control de ese grupo como algo racional, científico e incluso compasivo. Lo que me puso los pelos de punta fue la manera en que describió cómo ese pensamiento puede volver en un envoltorio más suave: no “raza inferior”, sino “carga”, “baja productividad”, “no contribuirán”, “no pagarán impuestos”. Eso no son solo insultos. Es el vocabulario de un futuro en el que la ciudadanía es condicional a la utilidad.

Si eso suena dramático, escucha la música ambiental que sale de los propios futuristas multimillonarios. Las mismas personas que venden “abundancia” también coquetean con el pánico demográfico: hablar de la “civilización occidental” en peligro, miedo a la sustitución, la sensación de que se está multiplicando la gente equivocada. Mi punto anterior sobre el color de los robots no es ajeno a eso. Si te preocupa quién cuenta como heredero legítimo del futuro, entonces un robot blanco, “neutral” y “por defecto” empieza a parecer menos un producto y más una bandera.

Elon Musk versus la minoría blanca

Hay otro hilo en su razonamiento que ayuda a explicar por qué esta ideología llega con tanta seguridad: la creencia de que el futuro es inevitable. En el marco transhumanista/aceleracionista de la IA que ella describe, la IA no se trata como una posible vía entre otras. Se trata como destino, casi como un relato secular del fin de los tiempos: la historia tiene una dirección, la fusión con las máquinas está llegando, y cualquiera que la frene es tachado de ignorante o incluso inmoral.

Una vez aceptas ese marco, el debate se convierte en blasfemia. La regulación pasa a ser “ponerse en medio del progreso”. Y las preguntas políticas, como “¿quién es dueño de los robots?” o “¿qué pasa con los desplazados?”, quedan apartadas por una pregunta más ruidosa: “¿a qué velocidad podemos construir?”

Lo cual nos devuelve a esos cuerpos blancos y esas placas faciales negras.

No estoy diciendo que un diseñador se sentara y dijera: “Que parezca colonial”. Estoy diciendo algo más mundano y, por tanto, más plausible: la industria está construyendo el lenguaje visual de un futuro en el que los robots se presentan como neutrales, legítimos e incuestionables. La blancura se blanquea como seguridad. La “cara” negra es vacío: sin etnia, sin historia, sin individualidad, nada que te invite a empatizar o a preguntarte a quién se está sirviendo. Un humanoide, despojado de lo humano.

En la ficción de mi infancia, los robots eran ángeles o demonios según lo que necesitara la historia. En el marketing de hoy, los robots no son ni ángeles ni demonios. Se presentan como infraestructura inevitable. Y cuando la infraestructura es inevitable, las personas que la controlan se vuelven silenciosamente inevitables también.

Así que la pregunta que quiero hacer, antes de que la revolución robótica se declare “INCREÍBLE” y las notas de prensa empiecen a escribir el futuro con tinta indeleble, es esta:

¿Abundancia para todos, o solo para los supervivientes?

Cuando los futuristas multimillonarios dicen “abundancia para todos”… ¿quién, exactamente, está incluido en “todos”? Mi miedo es que sea “todos los que queden” cuando el polvo se haya asentado tras lo que quizá acabe siendo el periodo más turbulento de la historia humana.

Gruñón, sobrio y tomando notas: diez molestias modernas

Un recorrido por las pequeñas cosas que poco a poco me sacan de quicio
Gruñón, sobrio y tomando notas: diez molestias modernas

Una de las cosas que he notado desde que dejé el alcohol (en mayo de 2024) es que soy una persona excepcionalmente crítica. No sé de dónde lo saco, ya que mis padres eran gente realmente tranquila y tolerante. Yo no. Apenas pasa una hora sin que encuentre algo de lo que quejarme y refunfuñar. Pensé que quizás solo estaba experimentando el sesgo cognitivo común que los psicólogos llaman el 'error fundamental de atribución'. Ese es el que, por ejemplo, mientras conduces piensas que todos los que van más lentos que tú son idiotas, pero todos los que van más rápido que tú son lunáticos. Es una falacia porque hacemos suposiciones sobre los otros conductores sin considerar las razones por las que podrían estar yendo a una velocidad diferente: un pastel de boda en el asiento trasero o llevando a una víctima de un infarto camino al hospital, etc. Sin embargo, no creo que eso se aplique en mi caso. ¡Creo que el mundo realmente es un lugar loco lleno de gente loca haciendo cosas realmente estúpidas!

Así que aquí van solo algunas de mis manías: las cosas que actualmente hacen que las venas de mi sien pulsen. A ver si alguna te suena familiar.

  1. Avances previos en videos de YouTube.

Solíamos ver mucho "PRÓXIMAMENTE..." al inicio de programas de televisión estadounidenses, pero en los últimos dos años se ha ido colando en videos de bajo presupuesto en YouTube y redes sociales. Incluso lo vi en un corto de YouTube de dos minutos. Vi una entrevista recientemente que duraba aproximadamente una hora, y cada diez minutos escuchaba el remate de chistes que ya había oído en el avance previo. Normalmente me salto estas cosas si el autor ha sido lo suficientemente considerado como para incluir un marcador de donde realmente comienza el contenido. Si no, a veces me impacienta y salto al azar hacia adelante, así que probablemente me estoy perdiendo algo de la acción, pero vale la pena no tener que someter a mis células cerebrales a información repetida. En un video de cinco minutos vi tanto avance previo que juro que ocupaba la mitad del video. ¿A alguien le 'gusta' tener que soportar avances previos? Tengo la sospecha de que en realidad solo está ahí porque algún profesor de estudios de medios se le ocurrió la idea porque su curso era un poco escaso de contenido, y luego cada estudiante lo toma como un evangelio en lugar de cuestionar su valor real. Su valor real para mí es que me he dado de baja de canales que abusan de los avances previos. ¡Que pare esta tontería ahora!

  1. Cámara intencionalmente temblorosa.

Esto ha existido durante mucho tiempo, y hay un momento y un lugar para ello, pero en 2025 la gente todavía lo hace sin una buena razón. Estaba viendo un episodio de una serie llamada The Mentalist, que admito tiene diez años, pero la cámara temblaba tanto que me mareaba. Hay justificación para hacer esto en escenas de acción, pero el estilo documental de mosca en la pared ya pasó de moda. Supérenlo. La técnica también es extremadamente mala para el streaming, ya que el fondo en constante movimiento es mucho más difícil de comprimir para el algoritmo del flujo de video, así que si ves estas tonterías en Netflix, alguien necesita recibir un memorándum severamente redactado.

  1. La interfaz de mi teléfono Android.

Por el amor de Dios, podría escribir un libro sobre lo que está mal con el mercado de teléfonos móviles, pero me limitaré a los propósitos de este blog a la reciente actualización de 'One UI' en mi Samsung A25. Por alguna razón, movieron los controles del reproductor de audio hacia abajo, así que ahora es casi imposible sostener el teléfono con firmeza mientras bajo para cambiar de pista con mi pulgar. Para cambiar de pista de forma segura sin que se me caiga la cosa, necesito usar mi otra mano. Las personas con una sola mano deben estar que trinan con esto. Escribí a Android para quejarme, pero por supuesto no pasará nada. Nuestros sentimientos como clientes tienen muy poca importancia en el gran esquema de las cosas en comparación con los caprichos de algún artista gráfico satisfecho de sí mismo y el directivo corporativo que le encargó hacer que la interfaz se vea elegante.

  1. Gastronomía

La misma palabra gastronomía me irrita, siendo francesa (¿pretencioso yo?) aunque originalmente proviene de la palabra latina vulgar para cocina. Se usa gastronomía cuando un programa de televisión o un suplemento de revista dominical va a explayarse líricamente sobre comida regional que es una versión de disfraz de lo que la gente realmente come allí. Me activé mientras veía el episodio seis de Searching for Spain con Eva Longoria. Generalmente me siento obligado a ver programas como este sobre España ya que vivo aquí. Esta serie está bien, pero tiende a saltar por las regiones centrándose en su 'gastronomía' única - rechino los dientes. En el episodio en cuestión, la especialidad de la casa eran cuatro lascas de pescado frito servidas sobre un tronco, "inspirado en la receta de mi abuela". ¿Qué pasó con los platos? ¿Era la abuela leñadora? ¿Por qué la compulsión de servir porciones diminutas de comida en pizarras de tejado o tapacubos de Citroën? Por el amor de Dios, ¡dame comida decente en un plato normal!

  1. Las publicaciones que desaparecen en Facebook

Las redes sociales sufren de tantos males que casi me siento mal por señalar a Facebook, pero esto me molesta a diario. A menudo quiero agregar mis dos centavos a una publicación haciendo un comentario ingenioso y bien observado. Sin embargo, para no parecer un completo idiota, normalmente quiero verificar los hechos de lo que voy a decir y abro una segunda pestaña del navegador para hacer mis consultas. Luego, seguro de mis hechos, vuelvo a Facebook para crear mi invectiva demoledora, solo para descubrir que la publicación original ha desaparecido. Facebook actualizó la página y la publicación ha desaparecido, para nunca ser vista de nuevo. ¡A veces he pasado media hora investigando, planeando mi comentario, solo para no poder escribirlo! ¡No es de extrañar que la gente esté abandonando las redes sociales!

  1. Botellas de refresco abiertas

Esto sugiere que podría tener problemas de TOC, pero en ocasiones estaré viendo una película o programa de televisión y un personaje se servirá algo de cola de una botella grande de dos litros y no le pondrá la tapa de vuelta. Eso es todo para mí. He perdido todo interés en el personaje y la trama. Lo único que importa en mi vida en ese momento es que estoy viendo una bebida gaseosa perder su gas ante mis ojos. El arte imita la vida: ¿la gente hace esto? ¿No saben que cada segundo cuenta con las bebidas gaseosas? ¡Debería haber una ley contra cosas en los medios que sean tan perturbadoras! ¡Pierdo el sueño pensando en ello!

  1. Esclavitud moderna

He cubierto esto en blogs anteriores, pero la esencia es que las empresas siguen haciéndonos trabajar para ellos gratis mientras ellos disfrutan de las ganancias. Por eso no uso merchandising: ¿por qué debería convertirme en una valla publicitaria? He mencionado en blogs anteriores cómo la banca en línea y clasificar el reciclaje son formas astutos en las que nos hacen trabajar gratis, para que otras personas puedan ganar dinero. Solo recientemente me di cuenta de que los supermercados son otro ejemplo de esto. En el thriller de 1965 The Ipcress File, Michael Caine y Guy Doleman están empujando carritos por el pasillo del supermercado y el personaje de Doleman dice algo como "No soporto estos nuevos métodos de compra estadounidenses". Es un hombre según mi corazón. No pensamos nada de ello hoy, pero antes de que existieran los supermercados, uno hubiera ido a la carnicería o a la tienda de comestibles y ellos te habrían servido los productos, en lugar de que tú seas el 'recogedor' empujando el carrito. Elon Musk tuiteó recientemente que todos vamos a vivir vidas de ocio mientras nuestros robots personalizados hacen todo este tipo de cosas por nosotros. También quiere vendernos un puente.

  1. Acoso

Desarrollé un disgusto por el acoso en la escuela. Aunque no fui una gran víctima de ello (aparte de siempre ser elegido como portero) vi cómo afectaba a otros niños y se quedó conmigo. Incluso hoy realmente odio verlo, y desafortunadamente hay mucho de eso en 2025, gran parte emanando de ese tipo en la Casa Blanca. 

La amenaza de Trump de demandar a la BBC es solo la última de una sucesión de ataques autoritarios que ha hecho a medios de comunicación y universidades por el crimen de no estar de acuerdo con él. Lo que realmente me molesta es que con toda su arrogancia y fanfarronería abrumadora, claramente piensa que el acoso es "proyectar fuerza". Si bien no soy un experto en hombres fuertes, sospecho fuertemente que no tienen que seguir diciéndote lo fuertes que son. Estoy bastante seguro de que presidentes anteriores usaron su posición para aplicar influencia, pero lo hicieron sin la fanfarria autocomplaciente que los habría hecho parecer idiotas.

  1. Streaming

Sé que aquí estoy en terreno sólido, ya que las redes sociales han estado llenas de publicaciones recientemente donde la gente ha estado cancelando Spotify, Netflix y mi odio personal favorito, Amazon Prime. Fue en Prime Video donde estaba viendo The Mentalist mencionado anteriormente. A medida que avanzaba en cada temporada (que es una gran serie por cierto), juro por Dios que el número y la frecuencia de anuncios aumentaron furtivamente. Quizás sea porque soy británico y crecí con visualización ininterrumpida en la BBC, pero encuentro este tipo de artimañas muy desagradables, especialmente porque había desembolsado mi dinero duramente ganado por una suscripción anual. ¿Por qué demonios piensan que está bien cobrar una tarifa de suscripción y mostrar anuncios al mismo tiempo? Así que he terminado con Prime: todavía me quedan varios meses, pero no veré más videos allí, muchas gracias. 

  1. Privacidad

Lo último en la lista (la mantuve en 10, podría haber sido mucho más larga) es la privacidad, y me sentí obligado a agregar esto en reacción a la propuesta de tarjeta de identificación digital del Reino Unido. He leído muchas reacciones a esto en las redes sociales y un malentendido común es que la gente ignora por completo la parte digital. Dicen cosas como "otros países tienen tarjetas de identificación y están bien" o "tengo una licencia de conducir y un pasaporte, ¿qué diferencia hace una tarjeta de identificación?".

Bueno, bastante en realidad. Tu pasaporte no envía una actualización a las tres de la mañana diciéndole a la mitad del gobierno, tres contratistas y un tipo de TI llamado Kevin que fuiste a Wetherspoons dos veces esta semana y compraste algunas tabletas para el resfriado y la gripe y un kit de prueba de embarazo. De hecho, pocos países tienen verdadera identificación biométrica digital, y las consecuencias de tener una son potencialmente muy graves. 

Estamos tropezando hacia un futuro orwelliano que hace que la película Enemy of The State parezca un acogedor drama dominical por la noche donde lo peor que pasa es que alguien pierde un perro. Al menos en la película podías desaparecer tirando tu buscapersonas. Con la identificación digital propuesta, nos acercamos otro paso a que el Gran Hermano lo sepa todo sobre ti. Ahora bien, no tengo hermanos, y mucho menos uno grande, pero creo que hay algunas cosas que es mejor que tu hermano no sepa. 

Lo dejaré en diez quejas por ahora. ¿Qué te parecen? ¿Soy solo yo, o tienes una lista similar de quejas? ¡Ya estoy teniendo ideas para una segunda parte de este blog!

 

¿Por qué no está todo el mundo teletrabajando desde España?

La última milla, a toda pastilla
¿Por qué no está todo el mundo teletrabajando desde España?

Compré un cacharro nuevo esta semana que me hizo pensar en lo mucho que han cambiado las cosas. Resumiendo: a principios de año escribí sobre prepararme para el Armagedón y caí en que había algo que necesitaba una reforma a fondo: mi “red doméstica”, esa colección creciente de tabletas, teléfonos, ordenadores y las mil formas en que se conectan a Internet. Llevo tiempo buscando maneras de hacer todo el conjunto más robusto y, a la vez, menos tragón de energía.

Cuando El apagón —el gran corte eléctrico— nos pilló en España a principios de año, aprendí mucho sobre lo que pasa durante un periodo largo sin electricidad. En esas 17 horas me di cuenta de algo: mi ISP local cayó antes que Internet en el móvil. No sé al 100% por qué, pero supongo que mi proveedor local tiene menos respaldo de energía de emergencia. Le estuve dando vueltas los meses siguientes y, cuanto más pensaba, más claro veía que había infravalorado mi conexión local como punto único de fallo. Vivo en un pueblecito bastante aislado de la Sierra de Cádiz. Siempre he sospechado que buena parte de la conectividad de entrada y salida del pueblo llega por enlaces de microondas de línea de vista, porque suele empeorar con mal tiempo, sobre todo con tormentas y nubes bajas. El suministro eléctrico del pueblo ya va en el alambre en el mejor de los casos: yo mismo uso dos SAI (sistemas de alimentación ininterrumpida) para mantener la red en pie, porque estoy acostumbrado a que salten los plomos en mitad de una partida de póker. Así que perder Internet por un corte de luz es algo que siempre puede pasar. Luego están las inundaciones, el terrorismo, los meteoritos… vale, ahí ya me agarro a un clavo ardiendo, pero se entiende la idea: cuanto más lo pensaba, más evidente era que tener un plan B para conectar mi red a Internet tenía todo el sentido.

Me puse a investigar soluciones. Podría haber convertido el smartphone en punto de acceso, pero el teléfono es aún más importante en una emergencia y no quería tenerlo secuestrado haciendo de router. Después de muchas pesquisas con mis amigos Claude, Grok y ChatGPT, llegué a una solución: comprar un segundo router Wi-Fi con opción de conmutación por fallo (failover). Funciona así. El router de mi ISP se conecta a este segundo router, de modo que todo mi tráfico pasa por él. Uso el nuevo tanto para Wi-Fi como para cable. Si la conexión del ISP se cae, el router establece un enlace 4G a través de la red móvil. En menos de 60 segundos vuelvo a estar en línea. Es como magia. Tuve que conseguir una SIM nueva para el router, pero busqué y encontré una tarjeta prepago sin contrato. Solo tengo que ponerle 10 euros cada seis meses para mantenerla “viva”. En condiciones normales la SIM está en reposo y solo se conecta en caso de emergencia.

Después de montar todo, muy ufano de mí, vi en la caja que el router presume de 300 Mbps. ¿Por 4G? Pensé que era un error, pero al parecer gracias a algo llamado agregación de portadoras (carrier aggregation), en condiciones ideales el cacharro puede combinar varias bandas móviles y hacer “una grande” (si no hay demasiada gente conectada). Y eso fue lo que me disparó la reflexión sobre mi trayectoria como usuario de Internet en España.

A finales de los 90, cuando empecé a plantearme mudarme a Europa, España era uno de varios países en la lista. La conectividad era clave, porque iba a trabajar en remoto para mi empresa en Inglaterra. En la investigación me topé con un artículo que hablaba en términos gloriosos del despliegue de banda ancha en la península ibérica y de cómo el país “iba en cabeza” como líder europeo en alta velocidad. Debía de ser un artículo de autobombo de Movistar o similar, porque cuando por fin llegué, la realidad era bastante distinta.

La casa que compré en Murcia estaba a menos de tres kilómetros del pueblo. Tenía luz y agua potable, así que lo de Internet sería cuestión de tender una línea telefónica, ¿no? ¡Ay, qué equivocado estaba! Contacté con la compañía, que dijo que encantados… si pagaba varios miles de libras para instalar postes telefónicos. Otro problema: una buena colina detrás de la casa hacía imposible la conexión de línea de vista. Estaba bien fastidiado. Caveat emptor (que el comprador se cuide). (Años más tarde conocí a alguien más listo que yo que hizo que su abogado metiera una cláusula en la compraventa —el contrato previo que fija las condiciones— para que la operación no siguiera adelante si no había banda ancha disponible en la vivienda.)

Como necesitaba conectarme por trabajo, hablé con el dueño de un ciber local y negocié una tarifa preferente, ya que me pasaba allí cinco mañanas a la semana con el portátil. La encargada era una fumadora empedernida. Volvía a casa apestando a tabaco y tosiendo como un beagle de laboratorio, así que necesitaba una alternativa práctica.

En el pueblo había una tienda de Vodafone y, aunque los móviles entonces estaban más pensados para llamar, ofrecían una tarjeta nueva con tarifa de datos. Era cara, así que tocaba racionar la conexión: como en los primeros tiempos de CompuServe, usando un lector fuera de línea para iniciar sesión, descargar mensajes y salir rápido para minimizar costes. Me di de alta y, como condición, tenía que tener también una SIM “normal” para el teléfono. Aquí vino lo que me perjudicó. La mujer me dio la SIM del teléfono y dijo que la tarjeta de datos llegaría la semana siguiente. Entre mi español de colegio y sus explicaciones, entendí que podía usar esa SIM para conectarme a Internet hasta que llegara la de datos. Aquel fin de semana hice un par de incursiones en Hotmail y Google, nada del otro mundo, y la semana siguiente ya cambié a la de datos. Al final de mes llegó una factura de 400 euros. Fui a protestar a la tienda, diciendo que me habían dicho que podía usar la otra tarjeta; ella se encogió de hombros: “La usaste, ¿no? Pues funcionó”. Escribí reclamaciones, cartas a oficinas regionales y nacionales, envié faxes cuando me los pedían… y jamás conseguí el reembolso.

Tras un año peleando con la solución de la SIM —que funcionaba cuando era la correcta—, un vecino español me ayudó a atravesar el campo de minas burocrático del proceso de alta de Telefónica para conseguir una “línea fija” por radio. La velocidad era ridícula, pero al menos estaba siempre conectada y sin el contador de minutos de la SIM. Así estuve uno o dos años, hasta que un par de ingleses espabilados del pueblo pensaron lo mismo que muchos en el campo: hacía falta banda ancha. Montaron una empresa inalámbrica. No soy de hardware sino de software, así que muchos detalles se me escapan, pero por lo que entendí agregaban varias conexiones residenciales del cable local, las rebotaban por el pueblo y las llevaban a las casas del entorno. Si, como en mi caso, no había línea de vista, orientaban las antenas de otros clientes para compartir la señal. Como fuera que lo hicieran, funcionaba y por fin, cuatro años después de llegar, tuve una conexión rápida en España.

Cuando me mudé a otro pueblecito de Andalucía, la mayoría usaba sistemas inalámbricos parecidos porque eran baratos —subvencionados por el ayuntamiento, por la Junta o por ambos—. Eran bastante malos a ciertas horas: al llegar los niños del cole, las velocidades se arrastraban. El soporte cerraba el viernes por la tarde, y si la línea caía —que caía a menudo— no había nadie hasta el lunes. Con el tiempo aparecieron nuevos operadores ofreciendo fibra hasta el hogar. Teniendo en cuenta lo remotos que estamos, me parece de nota. Un amigo de Portland (Oregón) con casa aquí me decía que lo que tenemos en España es más rápido y más barato que lo que tiene allí. Yo pago 20 euros al mes y, en un buen día, la fibra me mide 600 Mbps. Mi ISP tiene una tarifa superior: por cinco euros más al mes, promete el doble.

Y todo esto me hace pensar: ¿por qué demonios no se está viniendo todo el mundo con un visado de nómada digital a trabajar desde España? Veo muchas publicaciones en redes, sobre todo en TikTok, de estadounidenses que se han mudado —o están pensando mudarse— a Barcelona y se quejan del precio de la vivienda. Pues aquí va el apunte: hay muchos otros sitios con gangas inmobiliarias. Hay pueblos enteros a precio de risa en algunas regiones por la despoblación rural y, ahora, con Starlink en la ecuación dando cobertura de banda ancha en todo el país, ya casi no hay lugar en España donde tengas que pasar por el via crucis que pasé yo para conseguir una buena conexión.

La Distopía Del Dinero Digital

Por qué somos ciegos a nuestra inminente esclavitud financiera
La Distopía Del Dinero Digital

Hay una guerra en curso ahora mismo por el control del dinero. Su importancia no puede exagerarse. Va a moldear el futuro de todo hasta un grado tan inmenso que creo que su impacto empequeñecerá el de todas las guerras del siglo XX juntas. Miles de millones morirán – incontables miles de millones dejarán de existir – todo por culpa de un puñado de leyes que se están aprobando hoy, sin que casi nadie pestañee. Soy dolorosamente consciente de que como escritor no estoy a la altura de transmitir la magnitud de este cambio, especialmente en un formato breve como esta entrada. Sólo espero poder darte un atisbo de lo que está pasando para que empieces a pensar en ello y a investigar por tu cuenta.

En 2022 escribí un blog algo sombrío sobre el futuro de la libertad, el poder y el dinero. Resulta que no solo iba bien encaminado, sino que la velocidad con la que nuestra libertad se extingue se está acelerando de forma brutal. He tardado en publicar esta entrada porque cada día, desde que escribí el borrador inicial, iban apareciendo nuevas noticias relevantes que tuve que investigar e incluir.

Volviendo a la cuestión central: la naturaleza de la libertad, el poder y el dinero están entrelazadas. Si te has familiarizado con la historia del dinero, quizá leyendo 'El triunfo del dinero: Cómo las finanzas mueven el mundo' de Niall Ferguson o 'En deuda: Una historia alternativa de la economía' de David Graeber (Como afiliado de Amazon, gano comisiones por las compras que cumplan los requisitos), es imposible no ver la analogía con una partida de Monopoly. Cada juego acaba igual. Un jugador compra todas las casas y hoteles, gana todo el dinero, y los demás se frustran y lanzan el tablero por los aires. Entonces empieza una nueva partida con la riqueza redistribuida otra vez de forma equitativa. El péndulo, ese vaivén en el que la riqueza pasa de ricos a pobres y de vuelta a los ricos, es esencialmente la historia de la economía, el dinero, el crédito y la deuda, y en última instancia del poder. Tal vez por eso el mismo mito redistributivo aparece en tantas culturas, desde Prometeo entregando el fuego de los dioses al hombre, hasta Robin Hood robando a los ricos para dárselo a los pobres. [Otros incluyen a Zorro, Koschei el héroe popular ruso, Song Jiang del 'Margen de Agua' chino, y en cierta medida Jesse James.]

No hay espacio aquí para resumir toda la historia, pero siempre me ha impresionado la canción de apertura de 'The Big Bang Theory', que consigue comprimir toda la historia del universo en una letra. Con ayuda de la IA, he intentado hacer algo parecido para la economía:

Una historia de la deuda (versión karaoke, edición Mont Pelerin con la melodía de 'Big Bang Theory')

Hace diez mil años empezamos a cultivar,
Y templos con escribas las deudas a anotar.
Los faraones cobraban, los reyes decretaban,
Las religiones prohibían usura – los estados colapsaban.
Los Médici se avivaron, hicieron pagar a Dios,
Los británicos alzaron bancos, banderas y deudas a montón.
Los franceses cortan cabezas, los mercados sangran,
Guerras, New Deal, Bretton Woods, el dólar manda.
Los chicos de Chicago gritan: libertad es la clave,
Thatcher y Reagan paren un plan: ¡mercados sin nadie!
Matemáticas, dinero, historia, un misterio por deshacer,
Al final todo se resume en gran deuda (¡Debt!).

Y aquí estamos hoy, con el neoliberalismo de la Escuela de Chicago, abrazado por gobiernos de derechas e izquierdas en EE. UU., Reino Unido y la UE —colectivamente “Occidente”. En las universidades se enseña como ortodoxia política, como si no hubiera alternativa racional, aunque sólo beneficie al 1 % de la población. La brecha creciente entre ricos y pobres está a la vista de todos.

Llegados a este punto, según nuestra analogía con el Monopoly, sería razonable esperar que los millones de personas cargadas de deudas, viviendo de nómina en nómina, lleguen pronto al límite y tiren el tablero por los aires.

Pero aquí está la cuestión: el 1 % lo sabe, y está haciendo cambios sutiles pero fundamentales en la ley para asegurarse de que eso no vuelva a ocurrir.

Así que presta mucha atención a lo que sigue porque es crucial. El efectivo —el simple acto de entregar valor de una persona a otra, sin permiso, sin supervisión— ha sido el cimiento de la libertad humana. Quita eso, y todo lo demás, cada derecho, privilegio y elección, se derrumba con él. Si el dinero deja de ser nuestro, la vida deja de ser nuestra. El control financiero total no es sólo tiranía: es apocalipsis. Es el arma que hace que el hambre sea deliberada, la guerra automatizada, la peste diseñada y la muerte selectiva. Miles de millones nunca llegarán a vivir porque serán sofocados antes de nacer por sistemas de control de recursos que decidirán quién puede comer, quién puede viajar y en última instancia quién puede existir. El fin de nuestra soberanía financiera personal es peor que los Cuatro Jinetes: es el amo que los cabalga a todos. Una vez llegue, no habrá marcha atrás.

La guerra de la que hablo —las leyes que están cambiando— está diseñada para alejarnos del efectivo hacia un futuro de dinero digital. No hay nada malo en el dinero digital en sí. Podríamos tener una forma de dinero digital que pueda intercambiarse entre individuos sin terceros de por medio —de hecho ya existe, se llama Bitcoin. Sin embargo, esa no es la forma de dinero digital que nos obligarán a usar. Quieren que usemos dinero digital controlado centralmente: las CBDC o Monedas Digitales de Bancos Centrales. La diferencia entre ambas es enorme. Con dinero que transacciona de persona a persona, conservamos la soberanía financiera personal —somos dueños de nuestros fondos. Esa misma soberanía financiera personal es lo que “ellos” planean arrebatarnos.

Por supuesto, dicen que no. EE. UU., Reino Unido y la UE en sus anuncios más recientes sobre divisas digitales no afirman estar eliminando el efectivo por completo. De hecho, la UE ha dicho que está considerando un sistema de transacciones digitales “peer-to-peer” con el euro digital que no requeriría la intervención de un banco. Pero yo soy lo bastante viejo y feo como para no creer ni una palabra de esas tonterías. La apuesta es demasiado grande, el poder demasiado tentador para que lo permitan.

Cuando hablo de esto con la gente, a menudo no ven el peligro y se dejan seducir por la comodidad de las compras con tarjeta aparentemente sin fricción. Lo entiendo: es cómodo. Quieren que te sientas a gusto con ello. Por eso la Autoridad de Conducta Financiera del Reino Unido anunció el 10 de septiembre de 2025 su intención de subir el límite de las operaciones sin contacto. Pero eso es ignorar lo que ocurre entre bastidores. Con todos sus defectos, Bitcoin ha demostrado que no se necesita ningún intermediario bancario para que el valor pase de una persona a otra. Pese a lo que hayas leído, Bitcoin nunca ha sido “hackeado”. Las historias de terror que tanto le gusta destacar a la prensa se refieren siempre a los exchanges —la interfaz entre Bitcoin, que es dinero perfecto, y el sistema bancario, que está torcido como una moneda falsa. Que “ellos” intenten prohibir las carteras anónimas de cripto y obligar a todos a pasar por exchanges reconocidos dice todo lo que necesitas saber sobre “ellos”, los mismos que nos trajeron Wall Street y las crisis financieras de 2008 —¿qué podría salir mal?

¿Quiénes son “ellos”, o “los poderes fácticos” como los llamé en el blog anterior? Esta pregunta fue respondida con elocuencia por la profesora de Teoría Crítica Louisa Toxværd Munch en TikTok hace poco. A los conspiranoicos les encanta repartir culpas, incluso nombrando a gente como George Soros, Charles Schwab o Bill Gates como archienemigos al mando de todo. En realidad, el sistema se protege a sí mismo. Los ricos trabajan para proteger sus intereses de muchas formas, y eso conduce a la creación de organizaciones que sirven para esos fines. No hay un Mago de Oz tras la cortina. Sólo hay estructuras, muchas desconectadas y descoordinadas, que parecen confabularse contra los menos favorecidos.

No hay una sola figura a la que señalar, sólo un borrón, como descubrí yo mismo hace unos años jugando al póker de bajo nivel.

Un día, la web de apuestas “Pokerstars” decidió que yo no podía jugar torneos de un euro a menos que enviara fotos de mi pasaporte, mi cara desde varios ángulos, mi NIF y hasta la medida de mi entrepierna. Suspendí la prueba (burocracia española —sin comentarios), así que probé en otras webs de póker. Malta, Gibraltar, el otro lado del mundo —daba igual. Todas pedían lo mismo. ¿Por qué? Porque el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI, o FATF en inglés), un organismo global no electo, había decidido que así debía ser. Forzaron a todas las webs de póker del planeta a implantar el “KYC” —know your customer, conoce a tu cliente. El G7 creó el GAFI en 1989, y ahora, si el GAFI dice “salta”, todos los gobiernos del mundo preguntan “¿qué tan alto?”. Sin elecciones. Sin rendición de cuentas. Aparenta ser un gobierno mundial en todo menos en el nombre, pero en realidad está incluso menos coordinado que eso.

La razón por la que me sentí obligado a escribir este blog ahora es que 2025 es el año en que los “poderes fácticos” quieren reforzar la seguridad online, en nombre de la protección infantil, obligando a la gente a proporcionar KYC para acceder a ciertos tipos de contenido (el experimento del póker les salió bien). Aunque el gobierno británico hable sobre todo de pornografía, el acceso a otros sitios como Reddit o Wikipedia también se ve afectado. Australia y Canadá siguen la misma senda con leyes similares en camino. Incluso en EE. UU. existe la 'Kids Online Safety Act' (KOSA), un proyecto con apoyo bipartidista que avanza por el Congreso.

Lo importante aquí es la dirección de viaje. Llevamos 30 años con acceso a la web, ¿y de repente justo ahora deciden que toca proteger a los niños del porno? El gobierno británico ha visto que la gente se salta el proceso de identificación con VPN, así que ahora hablan de prohibirlas también.

La relevancia de estas leyes digitales en relación con la protección infantil ha demostrado ser, como mucho, dudosa. La verdadera razón es aumentar el control de los gobiernos sobre Internet. Como expliqué en el blog anterior, creo que existe un movimiento para restringir el software que podemos ejecutar en nuestros dispositivos. Como para confirmarlo, Google anunció la semana pasada que a partir de 2026 restringirá la instalación lateral de apps a las de desarrolladores “autorizados”. ('Sideloading' básicamente significa cargar una app desde fuera de la tienda oficial de Android). Predigo que en adelante se usará cada vez más el terrorismo como excusa para introducir más restricciones sobre el software permitido. Prohibirán software útil para resistir nuestra sumisión: mensajería cifrada, intercambio 'peer-to-peer', apps fuera de red como Bitchat y muchas otras deberán volverse “autorizadas”. La mayoría de los repositorios de software libre de este tipo de apps están alojados en una web llamada Github. Microsoft la compró en 2018, para horror de la comunidad de código abierto. Años después, Microsoft ha sido elogiada por mantener en gran medida la independencia del sitio y fomentar su crecimiento. Sin embargo, la voz cínica en mi cabeza dice que eso es justo lo que harían si hubiera un plan a largo plazo para capturar y controlar el software libre del mundo.

Creo que nada de esto trata realmente de webs de póker ni de filtros porno. El objetivo final es el efectivo. El efectivo, o como expliqué antes, la soberanía financiera personal, es la meta suprema.

Cuando “nosotros, el pueblo” tengamos nuestro dinero totalmente controlado de forma digital, habrá muchas ventajas para el ganador de la partida de Monopoly, pero muchas desventajas para nosotros.

Una vez que desaparezca el efectivo, los gobiernos podrán literalmente programar en qué se te permite gastar. El ejemplo clásico es: “¿Quieres un bollo de salchicha? Lo siento ciudadano, tu colesterol está alto. Prueba con una hoja de lechuga”. Pero va mucho más allá. “¿Déficit público? Imponemos tipos de interés negativos —no habrá fuga bancaria porque no podrás sacar efectivo”. Ya estamos viendo en EE. UU. cómo Trump usa la amenaza de litigios para silenciar a los medios. Imagina lo mucho más fácil que sería si ese mismo hombre tuviera la capacidad de controlar cada céntimo de gasto de todos. El estrangulamiento que un líder sin escrúpulos podría ejercer sobre nuestras vidas es impensable.

Tendemos a pensar que el fin de la civilización llegará con una guerra nuclear, un impacto de asteroide o una pandemia global, pero esto es mucho peor. Lo veo en mi mente como un accidente de coche a cámara lenta. Me siento como Nuñez en aquel relato corto de H. G. Wells, 'El país de los ciegos'. Si hablo con la gente de lo que creo que está pasando me miran como si estuviera loco.

Y quizá lo esté —loco porque puedo ver lo que la mayoría se niega a ver. Una vez capturado nuestro dinero, la resistencia muere con él. No puedes organizarte, no puedes financiar un movimiento, ni siquiera comprar pan sin permiso. Las rebeliones requieren recursos, pero todos los recursos estarán controlados por ellos, así que la lucha habrá terminado antes de empezar. Por eso, para mí, esto se siente tan apocalíptico: no porque acabe en fuego, sino porque acaba en sumisión absoluta, para siempre.

 

El secreto mejor guardado de España: un seguro de catástrofes de nivel mundial

Por qué este sistema poco conocido deja en evidencia a otros países
El secreto mejor guardado de España: un seguro de catástrofes de nivel mundial

Si eres propietario de una vivienda en España, probablemente entiendas la importancia de contar con un seguro que proteja tu inversión. Sin embargo, incluso las mejores pólizas no siempre pueden protegerte de sucesos inesperados como terremotos, inundaciones y otros desastres naturales. Ahí es donde entra en juego el Consorcio de Compensación de Seguros (CCS).

El CCS es un organismo público en España creado en 1954 para garantizar que todas las personas del país tengan acceso a cobertura aseguradora frente a determinados riesgos, incluidos aquellos que son difíciles o imposibles de asegurar en el mercado privado. Una de sus funciones clave es ofrecer cobertura frente a desastres naturales y otros eventos catastróficos que causan daños generalizados, como terremotos, inundaciones y atentados terroristas. El CCS se encarga de indemnizar a particulares y empresas por los daños causados por estos eventos, incluso si no cuentan con un seguro propio.

Comparado con sistemas similares de otros países, el CCS suele considerarse a la altura, si no superior. En Japón, un programa público llamado Japanese Earthquake Reinsurance System (JERS) ofrece cobertura por daños ocasionados por terremotos. Al igual que el CCS, el JERS se financia con primas pagadas por las aseguradoras y proporciona cobertura a particulares y empresas que no pueden obtenerla en el mercado privado. El JERS está ampliamente considerado como un sistema eficaz y se ha utilizado para indemnizar a víctimas de grandes terremotos en el país, como el de Kobe de 1995. No obstante, aunque el JERS es un sistema integral, el CCS en España es único porque proporciona cobertura para una gama más amplia de eventos catastróficos, no solo terremotos.

En Estados Unidos, la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) presta ayuda a personas y empresas afectadas por desastres naturales a través de diversos programas, incluidos préstamos de socorro, subvenciones y seguros. Sin embargo, por lo general se considera que el sistema estadounidense es menos exhaustivo que los de Japón y España, ya que pone mayor énfasis en la responsabilidad individual en materia de preparación y recuperación ante desastres.

En otros países, como India y muchos países africanos, la cobertura frente a desastres la proporcionan principalmente aseguradoras privadas y, a menudo, existe un apoyo gubernamental limitado para los afectados por catástrofes naturales. Esto puede dificultar que particulares y empresas obtengan cobertura o se recuperen de las pérdidas causadas por eventos catastróficos.

En última instancia, la eficacia de los sistemas nacionales de cobertura frente a desastres depende de diversos factores, como el nivel de financiación, el alcance de la cobertura y la calidad de su implementación. El CCS es una pieza importante del sistema asegurador español, ya que proporciona cobertura e indemnización a quienes se ven afectados por eventos catastróficos y ayuda a garantizar que todo el mundo en el país tenga acceso a seguros frente a determinados riesgos. El CCS también es singular porque cubre una gama más amplia de eventos catastróficos, más allá de los terremotos. Además, el Gobierno español ha adoptado medidas para incrementar la financiación del CCS y mejorar su capacidad de respuesta ante eventos catastróficos, lo que lo convierte en un sistema fiable y eficaz para los propietarios de inmuebles en España.

Si eres propietario en España, conviene familiarizarte con el CCS y con el proceso de reclamación, para saber qué hacer en caso de terremoto u otro desastre natural. Tengas o no un seguro propio, el CCS puede proporcionar indemnizaciones y apoyo a los afectados por eventos catastróficos, ayudando a aliviar la carga de la recuperación y a que puedas volver a la normalidad lo antes posible.

Si tu casa en España sufriera daños por un terremoto, una inundación, el impacto de un meteorito o incluso un ataque alienígena, tendrías que presentar una reclamación ante el Consorcio de Compensación de Seguros (CCS) para recibir indemnización por tus pérdidas. El proceso de reclamación ante el CCS es el siguiente:

  1. Contacta con tu aseguradora. Si tienes cobertura para daños por terremoto, debes ponerte en contacto con tu compañía de seguros para comunicar el siniestro e iniciar el proceso. Tu aseguradora se pondrá en contacto con el CCS en tu nombre para solicitar la compensación.
  2. Presenta una reclamación ante el CCS. Si no tienes cobertura para daños por terremoto, o si tu aseguradora no puede indemnizarte, puedes presentar la reclamación directamente al CCS. Puedes hacerlo visitando la web del CCS (www.consorseguros.es — hay versión en inglés disponible desde el menú de la parte superior derecha) y rellenando el formulario en línea, o acudiendo en persona a una oficina local del CCS.
  3. Aporta documentación. Para respaldar tu reclamación, tendrás que aportar documentación de los daños, como fotografías, presupuestos de reparación y facturas. Es posible que también se te pida documentación de la propiedad y de cualquier póliza de seguros que tengas.
  4. Espera la resolución. El CCS revisará tu reclamación y decidirá si procede indemnizar. Si se aprueba, el CCS abonará la indemnización directamente a ti o a tu aseguradora, según corresponda.

Es importante tener en cuenta que el CCS solo es responsable de indemnizar daños causados por terremotos y otros eventos catastróficos considerados casos de fuerza mayor. Los daños causados por otros factores, como el mal mantenimiento o la negligencia, pueden no estar cubiertos por el CCS. Además, pueden existir ciertas limitaciones en el importe de las indemnizaciones del CCS, según las circunstancias específicas del daño.

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