AndaluciaSteve (ES)

…entre olivos y sueños

Las notas de un gordinflón de toda la vida sobre lo que le ayudó a bajar de 125 a 95 kilos, empezando por un gráfico.

Perder peso: 30 kilos menos y sumando

Sí, siempre he sido un gordinflón. Creo que pesé ocho libras y media al nacer (casi cuatro kilos), o alguna barbaridad por el estilo que le dio a mi madre un buen susto.

Aparte de un breve estirón en la adolescencia, cuando durante unos años memorables crecí más a lo alto que a lo ancho, siempre he sido de esos que lo tienen difícil para comprar ropa de confección.

Por eso me puse como unas castañuelas cuando me subí a la báscula la semana pasada y vi que había llegado a 95 kilos. Sigue siendo mucho, y me queda un buen trecho para llegar a mi peso ideal, pero es un hito importante. En 2019, en mi peor momento, rozaba los 125 kilos, así que he perdido 30 kilos.

Treinta kilos es mucho peso extra para ir cargando por ahí. ¡Son 66 libras! Para ponerlo en perspectiva, un niño de ocho años puede pesar 30 kilos. Es lo mismo que seis bolas de bolera o media docena de gatos adultos. Son unos treinta paquetes de azúcar de un kilo, o tres maletas de cabina de Ryanair. ¡No me extraña que me sienta más ligero!

Así que, a modo de celebración, se me ha ocurrido poner por escrito unas cuantas notas sobre cómo perder peso.

Para empezar, es un camino personal. No creo que exista una solución universal para quitarse los kilos de encima y no volver a cogerlos. Come menos y muévete más, dicen. Si fuera tan sencillo, todos lo estaríamos haciendo. Pero hay algo más. Cada uno tiene sus propios horarios, incentivos y motivaciones. El truco parece estar en averiguar cuáles son los tuyos y encontrar la manera de trabajar con ellos.

No tengo nada en contra de las dietas. Todas funcionan hasta cierto punto, pero ninguna es necesariamente una solución a largo plazo. Cuando vivía en Inglaterra, mi mujer de entonces era una fanática de las dietas de moda, lo que en la práctica me convertía a mí también en fanático, aunque sin tanto entusiasmo de animadora. Hicimos la dieta Cambridge, la dieta Atkins, la dieta de las rodajas de piña. ¡Cualquiera que se te ocurra, la hicimos!

De todas ellas, la Atkins fue la que tuvo un efecto más espectacular en mi cintura. Las dietas que restringen de algún modo los hidratos de carbono parecen ir en la buena dirección para mí, pero en aquella época no aguantaba la Atkins más de unos pocos meses seguidos. Me gusta el beicon tanto como a cualquier carnívoro, pero llega un momento en que no poder meterlo en un bocata despierta unas ganas de pan imposibles de resistir.

Recuerdo otro experimento culinario de aquella época. Salió de un libro titulado Eat Right 4 Your Type (publicado en España como Los grupos sanguíneos y la alimentación), que partía de la premisa, bastante endeble, de que las personas del grupo sanguíneo O descendían de cazadores-recolectores, mientras que las del grupo A habían evolucionado en las primeras sociedades agrícolas y, por tanto, estaban mejor adaptadas a una dieta vegetal.

No conozco la ciencia que hay detrás, pero sí sé que el contenido cárnico de las dietas bajas en hidratos me sienta bien, mientras que la peor experiencia que he tenido nunca después de una comida fue la primera vez que probé el falafel. Debió de ser hace más de diez años, pero aún recuerdo el dolor como si fuera ayer. Era como si me hubiera comido un saco de cemento que se me hubiera fraguado en el estómago. ¡Nunca más!

Así que quizá algo de verdad tenga eso de comer según tu grupo. Una vez tuve un gato alérgico a la leche, y trabajé con una mujer de Barbados que era alérgica al Lilt (un refresco británico de piña y pomelo, «el sabor totalmente tropical», como decían los anuncios), así que nunca se sabe lo que tu «tipo» te permite.

No pretendo ser ningún experto en esto de perder peso, pero me gustaría sugerir unas cuantas cosas que a mí me han ayudado.

Mide. Como dice el refrán, lo que se mide, se gestiona. Elige un horario y cúmplelo. Quizá el sábado por la mañana, cuando tienes más tiempo, pero asegúrate de pesarte el mismo día cada semana. Los niveles de líquido del cuerpo pueden variar bastante a lo largo del día. Probablemente lo mejor sea pesarse después del primer pis de la mañana, al levantarse. Así, los niveles de líquido deberían ser más o menos constantes. Empieza un gráfico en una hoja de cálculo si aún no lo tienes. Un gráfico es una herramienta imprescindible para ver de un vistazo cómo vas, o cómo no vas.

Observa. Desde que empecé a registrar mi peso hace unos años, he podido detectar tendencias de las que antes solo era vagamente consciente. Mi pérdida de peso varía según la estación del año. Tiene su lógica si lo piensas. Mi teoría es que el cuerpo quiere generar más calor en invierno que en verano, así que mi apetito por la comida que no debo se dispara hacia diciembre y dura unos meses, hasta que vuelve el buen tiempo. Ser consciente de esta tendencia me permite prepararme para combatirla. (Lo que se mide, se gestiona.)

Sustituye. A veces repaso mis cestas de la compra y me pregunto: «¿De verdad necesitaba esto?». Por ejemplo, si el apetito me ha llevado a comprar mucho beicon, puede que decida cambiarlo por algo menos graso o con menos calorías. Así que me pongo una norma para la compra: «El atún es el nuevo beicon». A partir de ahí, cada vez que me apetece algo con beicon, como atún en su lugar. Es sorprendente lo lejos que puede llevarte esta técnica de sustitución. Prueba a cambiar el pan normal por pan plano, o el pollo por pescado blanco. No tienes que hacerlo para siempre, solo el tiempo suficiente para romper el ciclo cuando tu peso se haya estancado.

Experimenta. La única forma de descubrir qué te funciona es probar cosas distintas y ver qué pasa. Prueba a restringir los hidratos, a comer bajo en grasas, el ayuno o lo que más te apetezca, y vigila los números del gráfico. Yo anoto junto a cada pesaje cualquier cosa que haya hecho de forma distinta. «Pastel dos veces. ¡Hay que mejorar!». Esto ayuda mucho cuando repasas qué funcionó y qué no.

Y por último, lo mejor que he hecho nunca fue dejar el alcohol.

¡No lo necesitas!