AndaluciaSteve (ES)

…entre olivos y sueños

La caja de cartón y la nube

Una mujer se ha construido un sistema nervioso externo. Yo tengo un planificador de pared.
La caja de cartón y la nube

No tiene ninguna explicación razonable. Escribí mi primer «Hello World» allá por 1974 y desde entonces he vivido metido hasta los codos entre ordenadores, y sin embargo, a la hora de organizar mi propia vida, la tecnología digital y yo nos negamos sencillamente a entendernos.

Todo esto me vino a la cabeza por una mujer a la que sigo en TikTok. Tiene TDAH y se ha montado, casi sin escribir código y a golpe de «vibe coding», una aplicación que se traga una porción asombrosa de su vida y se la devuelve perfectamente ordenada. La base de datos que hay detrás guarda sus cifras de sueño, meditación, ejercicio y calorías de Oura y Muse; sus notas matutinas sobre estado de ánimo, energía y concentración; su lista de tareas y su calendario; el registro automático del tiempo de pantalla de la app Timing; diarios de voz transcritos por WhisperMemos; los correos que esperan respuesta; y, por debajo de todo, una capa de entidades que lo cose todo de vuelta a las personas y los proyectos implicados. Y todo ello a disposición de un asistente de IA al que ha bautizado como Assari, «asistente» en finés.

Me cuesta expresar con palabras lo mucho que me impresiona esto. No la programación, conste. La programación entra de sobra dentro de mis posibilidades y no encierra ningún misterio para mí. Lo que me impresiona es la parte humana. Esta mujer ha desarrollado una relación con una máquina tan completa que esta se ha convertido en una especie de sistema nervioso externo. Su teléfono y su ordenador no son meros lugares donde la información va a morir sepultada bajo una pila de pestañas del navegador. Son una prolongación de su memoria, sus hábitos, sus compromisos y su conocimiento de sí misma.

Imagino que puede preguntarle a Assari algo así como: «¿Por qué he estado de mal humor toda la semana?», y este rebusca entre sus datos de sueño, su calendario, sus notas de voz, sus patrones de trabajo y sus informes personales antes de responder: «Has dormido mal cuatro noches, no has hecho nada de ejercicio, has pasado siete horas peleándote con hojas de cálculo y tienes tres correos sin contestar de una persona que te cae mal». Esto ya es tener una asistente personal de otro nivel.

Compárese eso conmigo. Yo siempre he llevado una agenda de papel. Cogí la costumbre de mi padre, que llevaba una agenda de bolsillo a todas partes en su trabajo de conserje de colegio y que andaba siempre apuntando una cosa u otra en ella. Sus agendas no sobrevivieron a la mudanza a España, pero recuerdo que uno de los legados más destacados de su modesta herencia fue una caja de cartón repleta de ellas. Apuntaba allí sus apuestas en las carreras de caballos con auténtica devoción. Había, no pude evitar fijarme, una cantidad tremenda de segundos puestos.

Yo mismo acabé de oficinista y tenía lo que en mi inglés de origen llamaría un «desk diary», pero que aquí, claro está, no es más que una agenda de mesa. También guardo esas, de décadas atrás, e imprimo un planificador mensual de pared para echar un vistazo a las citas. Hay algo en eso de poner la pluma sobre el papel que me resulta seguro y reconfortante, y nunca he conseguido del todo quitármelo de encima.

Dejé la función pública en 1995, así que debió de ser antes de eso cuando vi por primera vez a un compañero tecleando en un cacharro de mano con un calendario electrónico. Ni siquiera estaba en el departamento técnico, que era donde me sentaba yo, de modo que había cierta ironía en que él diera el salto digital antes que yo. No recuerdo el aparato. Era anterior al teléfono móvil, creo, y tenía un tecladito incómodo para escribir. Pero la cosa es esta. Lo que fuera que escribió en él hace tiempo que desapareció casi con total seguridad, mientras que yo todavía podría revolver en una caja y sacar mis agendas de principios de los noventa. Con todo lo ingeniosos que son, los datos electrónicos resultan ser un asunto sorprendentemente efímero.

La cosa ha mejorado un poco desde entonces. Técnicamente sí tengo un calendario de Google. De vez en cuando, alguna app del móvil se ofrece a ponerme una alarma para que no se me olvide alguna cita que se avecina, y la dejo. Ahí termina, más o menos, toda mi aventura con los calendarios digitales. Cuando de verdad quiero apuntar algo, prefiero con mucho garabatearlo a mano en la agenda antes que pelearme con sistemas de ventanas y una interfaz que no he diseñado yo y que espero que, tarde o temprano, me acabe fallando. El papel me deja hacer lo que me da la gana. Puedo escribir grande o pequeño, repartir el hueco del día como mejor me convenga y pasar olímpicamente del interlineado que el impresor decidiera que yo quería. Y el propio acto de escribir es un acontecimiento. Eso de plasmar algo sobre el papel se me fija en la cabeza de una manera que teclearlo en un calendario sencillamente nunca ha conseguido.

La caja de agendas de mi padre lo sobrevivió, con cada caballo en segundo puesto todavía ahí, de su puño y letra. Con un poco de suerte, las mías me sobrevivirán de la misma manera, aún legibles mucho después de que las ingeniosas apps de hoy se hayan disuelto en alguna nube olvidada. ¡Tendré que empezar a anotar mis ganancias en el póker online!